Canarias en bicicleta: Tenerife

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Sin miedo a equivocarme, diría que la más conocida del archipiélago canario. La más grande y visitada. La isla elegida por la mayoría de turistas y los viajes estudiantiles de fin de curso. Puede ser que la fama como isla de «pulserita y todo incluido» hiciera que en principio no fuese la más atractiva para nosotros. Pero, una vez más, saliendo del circuito sur de la isla y centrándonos en su parte norte, hemos descubierto una isla llena de magia, imponente y variada.

Tenerife, la isla del Teide

Llegamos en apenas 50′ de ferry desde Gran Canaria a la capital de las islas occidentales. Santa Cruz nos recibió un día soleado. La ciudad, con algo más de 200.000 habitantes es bastante grande comparada con el resto de poblaciones en el archipiélago. Desplegada desde la orilla del mar hacia lo alto de la montaña, desde el barco ya puedes apreciar el gran desnivel al que te tendrás que enfrentar para salir de allí. Estuvimos un par de días de hostal haciendo lo que más nos gusta hacer en estos casos: descansar, cocinar, mirar rutas y posibles itinerarios, bebernos una botella de vino, ver películas… en resumen, días «de casa».

Nuestra primera parada de la ruta fue el Parque Rural de Anaga: salimos de Santa Cruz bordeando la costa rumbo al norte, atravesando el enorme puerto con un perímetro de varios kilómetros, hasta la playa de las Teresitas. Ahí, comenzaba nuestro ascenso a la parte más oriental de la isla. Sin una idea exacta de lo que nos íbamos a encontrar, cuál iba a ser nuestro recorrido o dónde terminaríamos ese día, fuimos ascendiendo a pedaleo tranquilo por la ladera de la montaña.

Parque rural Anaga

Un manto verde lo cubría todo hasta el mar. Con un solecito amigable y un paisaje bonito, cualquier subida se hace amena. Y así, llegamos hasta el Bailadero. Desde ahí varias opciones, todas ellas incluyendo un gran desnivel de bajada, que deberíamos remontar al día siguiente. Finalmente, nos decidimos por bajar hacia el poblado de Chamorga, escondido entre montañas en el corazón de Anaga. Antes de llegar, paramos a reponer agua y se hizo la magia: nos topamos por casualidad con una de esas cuevas que tanto nos gusta. El sitio de dormir ya estaba decidido.

Cueva con vistas

Al día siguiente, seguimos pedaleando por este increíble Parque, rodeados por la intensa vegetación del bosque de laurisilva. Un tipo de bosque subtropical dónde el verde y el agua son los verdaderos protagonistas. Donde los árboles crean auténticos túneles naturales en los que de repente te encuentras «atrapado» y a resguardo del sol. Un bosque preparado para «absorver» el agua directamente de las nubes (no de la lluvia), que los vientos alisios arrastran hasta las zonas del norte de las islas occidentales, provocando el famoso mar de nubes cuando éstas entran en contacto con las altas montañas. Un fenómeno que no habíamos visto nunca y que deja un paisaje con densa vegetación, humedad, manto de helechos y verde en toda su gama… un bosque de los de cuento.

Parque rural Anaga

Continuando el camino, fuimos atravesando el húmedo túnel creado por los árboles, que nos proporcionaba frescor y sombra durante todo el camino. Fuimos descendiendo hasta llegar al mirador de Jardina dónde tuvimos nuestro primer encuentro con el padre Teide. Sin esperarlo, sin planificarlo, sin busccarlo,… simplemente apareció delante de nosotros en todo su esplendor. Imponente. Dejándonos con la boca abierta. Realmente, no me imaginé lo que me iba a sorprender hasta que lo tuve delante de mi.

Siguiendo camino, atravesamos rápidamente La Laguna (ciudad a la que volveríamos más adelante), para llegar al área de acampada Las Raíces. Previa reserva gratuita aquí, puedes quedarte a dormir en cualquiera de las areas de acampada que hay a lo largo y ancho de la isla. Una opción que nos ha gustado mucho, tanto en Gran Canaria como aquí: sitios tranquilos (al menos fuera de temporada), bonitos, con baños y acceso a agua. Una buena opción para terminar el día si no quieres tener que pensar mucho dónde montar la tienda.

Subida al Teide

Nueva jornada, listos para enfrentarnos a un día de subidas. Nos acercábamos al Teide atravesando toda su corona forestal: una ladera surcada por pino canario. Bosque y más bosque. Con el día despejadísimo y un sol que brillaba a más no poder, tuvimos unas vistas privilegiadas del norte y sur de la isla desde cada mirador (dónde lo más habitual es encontrarse rodeado del mar de nubes). Seguimos subiendo y paramos en un recodo del camino a reponer fuerzas. Al rato, para un coche y se baja un hombre. En ese encuentro, una persona a la que no conoces de nada, nos ofrece un sinfín de información sobre la isla, posibles rutas (tanto en Tenerife como en otras islas), dónde dormir, cómo subir al Teide,… Demostrando un genuino interés en nuestra ruta y en lo que haríamos los próximos días. Con sus valiosas informaciones encima, continuamos ruta. Tuvimos tiempo todavía para contemplar el vuelo de varios parapentes sobre nuestras cabezas, contemplar los diferentes colores de la montaña y observar las impresionantes vistas sobre el valle de la Orotava. Gracias a las recomendaciones de nuestro benefactor, esa noche dormimos a resguardo en uno de los lugares más increíbles y escondidos en los que hemos estado. ¡Gracias a toda esa gente que, con su ayuda, sus palabras o sus gestos de ánimo, dan un toque personal a este viaje!

A la mañana siguiente, bien descansados y tras unos pocos kilómetros de pedaleo, asomó el Teide. Desde el puerto de Izaña, y con la carretera para nosotros solos, nos admiramos con este gigante.

Puerto de Izaña

Un poco más adelante, parados en el centro de visitantes para pedir información sobre posibles rutas, tuvimos la suerte de encontrarnos con Julián. Cicloviajero, amante de la montaña y una persona que desprende buen rollo por los cuatro costados. Compartimos charla, un café al lado de la carretera y un tramo del camino. Una de esas casualidades del viaje que, sin esperarlo, te conecta con alguien que acabas de conocer hace 5 minutos pero con el que sientes mucha afinidad. ¡Gracias Julián y buenas rutas, allá dónde te lleven los caminos!

Paisaje lunar

El paisaje cambió radicalmente, convirtiendose en un auténtico desierto de lava y roca.  Miráramos donde miráramos a nuestro alrededor, era como haber aparecido en la superfície de algún planeta inhóspito. Seguimos avanzando y asombrándonos con el paisaje, rodeando toda la base del volcán hacia el area de acampada de Arenas Negras. Los últimos km del día los hicimos recorriendo una tranquila pista forestal.

Al día siguiente, pusimos rumbo a Icod de los Vinos. Allí pasamos la siguiente semana con nuestros amigos Mar y Curro que venían de visita a compartir vacaciones y experiencias en la isla. Así que, con base en el pueblo y un coche alquilado, nos dedicamos a recorrer Tenerife con ellos, ¡gracias amigos por una semana tan guay y por querer venir a compartir parte de nuestro viaje!

Subida a Ruta en Tenerife

Pasada la semana, retomamos el pedaleo, a ver si no habíamos perdido la costumbre…jejeje. En esa primera etapa pedaleamos desde Icod hasta Los Pedregales, otra zona de acampada enclavada en el parque del Teno, una preciosa zona con variedad de paisajes y no muy concurrida. Al día siguiente, emprendimos rumbo a la que sería nuestra jornada más dura. No solo en esta isla, sino en general en todos los meses que llevábamos de viaje. Nos dirigíamos al puerto de Masca. El día empezó con una subida suave pero constante. Vamos avanzando kilómetros con muy poco tráfico, pasando por diferentes miradores desde los que observamos la isla de la Gomera. Va aumentando el desnivel de la carretera y, por fin, llegamos a Masca. Un antiguo caserío que estuvo hasta no hace tantos años aislado por tierra y al que solo podía accederse a través del mar. Un precioso lugar entre altas montañas, recuerdo de una época en la que la orografía del terreno marcaba la vida de sus gentes y hacía difíciles las comunicaciones. Un lugar abierto ahora a todos los visitantes pero que hasta no hace muchos años tuvo que vivir la dureza del aislamiento y potenciar la capacidad de sus habitantes para ser lo más autosuficientes posible.

En el mirador, un ciclista se nos acerca para preguntarnos:

-¿Vais a continuar?

-¡Sí! Vamos a Santiago del Teide.

(mirada de incredulidad a nosotros y a nuestras bicis)

-Pero…creo que con tanto peso no vais a poder. Yo hice esa ruta ayer y es muy dura. Si fuera vosotros no la haría…

Nuestra cara de circunstancias debió ser un poema. ¿Qué se contesta a eso? ¿Vale, nos vamos por donde hemos venido sin tan siquiera intentarlo? Nos parece que esa forma de abordar a alguien es una manera de desalentarlo a intentarlo. Nos juzgó sin saber cuántos kilómetros llevamos encima, sin conocer nuestras capacidades y, lo más importante, nuestras ganas.

Ya hablando entre nosotros se planteó la duda ¿podremos? Esas dudas instaladas habían surgido únicamente por el comentario de un desconocido. Para que nos demos cuenta de cuánto pueden influir nuestros comentarios en otras personas. Procuremos alentar y no desmotivar con nuestras palabras.

Subida a Masca

Con todo esto, decidimos continuar. Efectivamente, la subida era muy dura. Tramos de mucho desnivel y con bastante movimiento de coches. Pero, despacito y con paradas, cronamos cumbre. ¡Y menuda sensación! Lo difícil no fue llegar a Masca, ¡fue salir!

De ahí, nos dejamos caer hasta Santiago del Teide, donde nos dimos un homenaje en forma de queso frito, almogrote y cochino canario.

Finalizamos el día en Costa Adeje, donde encontramos una zona de playas más salvajes, rara avis en la zona sur de la isla. Ahí, disfrutamos de nuestra última puesta de sol en la isla.

Al día siguiente, pusimos rumbo al puerto de los Cristianos para coger el ferry que nos llevaría a la isla del Hierro. Próximamente, contamos cuáles han sido nuestras experiencias en la isla más pequeña, remota y solitaria de todas.

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