Vivir en una cueva

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Algo tendrán las cuevas que durante cientos y miles de años, el ser humano ha buscado refugio en ellas. Desde las cuevas (ahora famosas) de Altamira en España o de Chauvet y Lascaux en Francia, donde enontramos las muestras de arte que nuestros antepasados dejaron en ellas, pasando por las casas-cueva que aún hoy en día siguen existiendo en nuestro territorio y que hemos visto en varios lugares: Guadix, en Granada, Alcalá del Júcar en Albacete, o en Gran Canaria. E incluso en muchos pueblos era habitual tener una «cueva» bajo la casa, una habitación fresca donde almacenar y conservar alimentos.

Las cuevas han sido casa o formado parte de ellas durante mucho tiempo.

Vivir en una cueva

¿Vivirías en una cueva?

Ahora mismo, si te lo preguntaran, ¿qué contestarías? Pues seguramente casi nadie respondería que sí. No nos veríamos preparados para renunciar a todas las comodidades y confort que ofrece una casa actual. Así en frío, nos costaría decir que cambiaríamos nuestra calefacción central por hacer fuego, nuestro sofá por estar sentado en una piedra o la ducha de agua caliente a presión por almacenar y dosificar el agua…

Pero, ¿qué pasa si, como en nuestro caso, ya hemos renunciado a vivir durante un periodo de nuestra vida en una casa para dedicarlo a vivir viajando en bici? Llevando, digamos, un estilo de vida más nómada, en el que no hay un lugar fijo al que volver cada noche y en el que casi nunca pasamos más de dos días en el mismo lugar. Viviendo en itinerancia. Pues, en ese caso, las condiciones que te ofrece una cueva, son excelentes. Cuestión de perspectiva.

Regalos en ruta

Nuestra primera cueva

Estando en Gran Canaria, nos encontramos con la siguiente situación: era viernes y daban pronóstico de lluvia para todo el fin de semana. El lunes teníamos que hacer un trámite sí o sí en la isla y no podíamos cruzar todavía a Tenerife. Los alojamientos en la zona en la que estábamos estaban al completo debido a una competición deportiva, y lo que había disponible superaba los 200€/noche. Inviable. Con ese panorama, decidimos quedarnos a vivir tres días en una cueva en Agaete. Conocimos la cueva a través de una amiga. Era un lugar conocido por la gente del pueblo, que nos ayudó a encontrarla. Llegamos el viernes por la tarde, dispuestos a pasar unos días viviendo allí. Como si de nuestra casa se tratara.

La cueva es una maravilla: con vistas directas al océano, un gran espacio en el que poder estar de pie y una amplia cavidad interior que hace las veces de «habitación». Manteniendo una temperatura constante, es un aislante natural perfecto. Además de un refugio para la lluvia.

Se encuentra alejada del pueblo, en una zona de barrancos que dan al Atlántico, entre calas recónditas. Con un acceso algo complicado (especialmente si viajas con una bici cargada de alforjas), la logística para entrar y salir no era especialmente cómoda. Así que decidimos pasar casi todo el tiempo duarante esos tres días en la cueva, dedicando el tiempo a cocinar, tomar café, descansar, leer, echar partidas de parchís, cartas o ajedrez o pasear por la zona. Vida contemplativa.

Uno de los días decidimos que bajaríamos al pueblo a comer. Como no queríamos cargar con la bici, decidimos esconderlas en la cueva y salir solo con lo puesto. Confiando en que nadie entraría allí y, si lo hiciera, no tendría interés en llevarse dos bicicletas cargadas hasta los topes. Dando un voto de confianza. Pensándolo en frío, ¿qué persona que va caminando por la montaña, por un sendero estrecho, se encuentra dos bicis que pesan más de 40kg y decide llevárselas? De hecho, las bicis en sí no tienen mucho valor económico y, ¿cómo sabría alguien si lo que llevamos dentro de las alforjas es valioso?

Cuando volvimos, efectivamente, todo estaba como lo habíamos dejado.

Placeres sencillos

Al día siguiente, aparecieron dos hombres: Marcelo y Alvise. El primero, un hombre de la zona, el segundo, un cicloturista italiano. Marcelo había acogido al viajero en su casa y le estaba enseñando los lugares secretos del lugar. Entre ellos, la cueva. Nos contó que durante años, había sido un lugar de almacenamiento de grano para los antiguos pobladores de la zona. A día de hoy, él solía recomendar la cueva a amigos y viajeros para que pudieran ir a dormir allí. De vez en cuando,  él también iba a pasar alguna noche, hacer una pequña hoguera, y desconectar. Parece que no somos los únicos que sienten atracción por las cuevas.

Sigue nuestro idilio con las cuevas

Nuestra segunda experiencia con las cuevas fue en Tenerife. Esta vez, llegamos de manera totalmente fortuita a una maravilla de cueva enclavada en el Parque natural de Anaga. Con un entorno impresionante, rodeado de vegetación y mucho verde. Mientras buscábamos un lugar donde pasar la noche y montar la tienda, apareción esta cueva.

Cueva con vistas

Mesa y banco para sentarse, zona para asar y una pequeña habitación, cerrada con piedra y acolchada con helechos en el suelo, para poder descansar. Dar con este lugar, para nosotros, fue como encontrar agua en el desierto. No se si puede entenderse la ilusión que nos hizo pero, cuando estás cada día buscando un sitio donde dormir, que aparezca un refugio natural como este es como si te tocara el premio gordo. Un regalo que te da el viaje.

A la mañana siguiente, nos encontramos con un hombre que nos contó que él solía utilizar ese refugio. Dormía allí los días que tenía que madrugar para cazar cabras salvajes. Un trabajo organizado por el Cabildo de la isla para controlar la población de cabras salvajes, llevándolas  a las granjas de la isla (historia real).

Quedarse unos días a vivir en una cueva está en la linea de nuestro viaje en bici, donde una vida nómada, minimalista y tranquila son características fundamentales. Placeres sencillos de los que extraemos un gran placer.

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